Entre normalidades

Por: Wilson Jaimes Castaño

Ayer recordé mi noche de fin de año de 2019. Cada detalle lo tengo presente, porque fue una noche muy especial: mi hija menor escogió el menú, mi sobrina y mi hija mayor se encargaron de los pasabocas, las tres nietas, junto a su abuela, no descuidaron ningún detalle de la preparación, mi papá tenía la ardua labor de catador de alimentos y bebidas y a mí me encomendaron la música (a pesar de los constantes reclamos de las nuevas generaciones). La intimidad de la celebración nos permitió disfrutarla sin escatimar en carcajadas, disfrutando cada recuerdo, así como cada propósito para el año venidero.

Últimamente he tenido dificultades para ubicar en el tiempo recuerdos relativamente recientes, como la noche de fin de año, sintiéndolos lejanos. Al principio me preocupé pensando que eran achaques prematuros, pero luego noté que esto le está pasando a muchos, incluso jóvenes (bueno, más jóvenes que yo), y alcancé a entender que la culpa es de este 2020 y su relativa intensidad con que lo hemos vivido.

La relatividad es tan evidente, que mientras algunos acusan cansancio por la multiplicación de las tareas en casa como si todos los días fuesen lunes, otros sienten que llevan seis meses viviendo el mismo domingo una y otra vez.

También se hace notoria en la forma como se han asimilado las recomendaciones de autocuidado, porque mientras algunos se sienten incómodos cuando alguien les invade sus cuatro metros cuadrados de distanciamiento individual responsable, otros siguen sin respetar ni el pico y cédula mientras portan orondos sus “tapacuello”.

Pero sin importar la medida en que este inusual año nos esté impactando, la gran mayoría quisiera volver a la anterior vida de libertad conocida y descuidos programados, o lo que llamarían la normalidad. Esa realidad en la que vivíamos hasta hace unos meses, donde la preocupación antes de salir era verificar la placa que tocaba en ese día, encontrar las llaves y llegar apurados a nuestros destinos.

Porque ahora lo que verificamos es la cédula, lo que anhelamos encontrar es el tapabocas y a los sitios hay que llegar con algo de tiempo para cumplir con el protocolo de bioseguridad.

Dentro de la jerga pandémica ahora nos piden adaptarnos a la “nueva normalidad” (o “new normal”, para ser incluyentes con los adeptos al esnobismo), lo que o muchos no es más que seguir viviendo su vida pero con tapabocas. Sin embargo, a medida que se habilitan actividades económicas, se implementan pilotos y se motiva a la gente a salir de sus encierros (algunos a trabajar y todos a consumir) se genera una necesaria interacción que pareciese que riñe con lo que cuidamos a punta de  restricciones, por lo que se hace necesario entender que volver a salir a la calle sigue siendo tan riesgoso como lo era hace unos meses y justo ahora se hace más necesario cuidarse.

No creo que este momento de tanteo de liberación de medidas que estamos experimentando sea la “nueva normalidad” que tanto se pregona y lo que está viviendo Europa así lo ratifica. Porque justo como vimos el embate del virus en el viejo continente antes de su llegada a estas tierras, también vimos el levantamiento de las restricciones, las apariciones de rebrotes y los anuncios de eventuales regresos a medidas restrictivas en Francia, España, Reino Unido, entre otros.

Esto me hace pensar que estamos en una transición entre normalidades, donde es preciso aprovechar para ajustar muchas cosas que este virus nos ha desnudado como sociedad, antes de correr a abrir una economía con las mismas desigualdades e incongruencias que padecía justo antes de la pandemia y que, quizá, el mismo afán del día a día no nos permitía discernir o al menos no nos dejó reflexionar sobre ello, pero en este “intermedio” al que nos hemos visto forzados como humanidad, son de discusión obligada.

El hambre, la pobreza, la destrucción de nuestros ecosistemas, la desigualdad de género, el racismo absurdamente enquistado, las barreras de acceso a la salud y a la educación y la forma en que tratamos a nuestros ancianos son aspectos de la “vieja normalidad” que no deberíamos heredar a las próximas generaciones, siendo responsabilidad de los gobiernos, las empresas y la misma sociedad su abordaje.

Es de tal relevancia atacar con decisión estos temas, que algunos expertos
aseguran que, de no solucionarse, ni siquiera la aparición de una vacuna garantiza el regreso a una pronta normalidad de todo el mundo, lo cual
implicaría mayores afectaciones a la economía y una prolongación del
riesgo sobre el planeta a causa del SARS CoV 2.

Mientras nos acercamos al millón de muertes por Covid 19 y el mundo
sigue con sus afanes, espero que la única normalidad que ansiemos sea
estar rodeados de nuestra familia, como en mi pasada noche vieja, y que no falte nadie. Este año quizá me pida preparar la comida de fin de año, porque algo de culinaria me tocó aprender cuando dejé mi vieja normalidad.

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