Así la viví

Por: Wilson Jaimes Castaño

Hace más de seis meses almorzaba con un amigo y amenizábamos la cazuela con el análisis de los primeros intentos de guía de atención y protocolo para la inminente llegada de la covid-19 al país. Había en ese entonces un ambiente extraño en la ciudad, que a pesar de estar acostumbrada a recibir multitud de visitantes, albergar todo tipo de eventos de talla internacional y ser un referente mundial, parecía no tener a nadie con alguna confianza en entender lo que se avecinaba.

Le indagué a mi amigo el porqué dicho protocolo usaba la palabra «cuarentena», entendiendo que esto debía ser un período de cuarenta días, pero mi amigo, hombre de un eximio conocimiento de salud pública y manejo de emergencias, me explicaba que el término se refería a un período de aislamiento que no necesariamente estaba atado a un lapso de tiempo específico y por ello se hablaba entonces de «cuarentenas de catorce días» ante la aparición de posibles casos de la desconocida enfermedad. No teníamos la más remota sospecha que la tan conversada ‘cuarentena’ se nos extendería por meses, quedando registrada como la más larga de la historia.

Lo que sí intuíamos, sin compartirlo en la mesa, era que viviríamos una experiencia inédita y que, de muchas maneras, nos atraía porque junto con esas primeras guías apareció un descomunal tráfico de información que rayó en la saturación por la densidad de pleonasmos, la intensidad en la repetición del mensaje cuál estrategia adoctrinante y la gran cantidad de datos falsos, sin confirmar o simplemente malintencionados.

Con el humor que caracteriza a mi amigo, bromeamos por el delirio que algunos conocidos comenzaron a manifestar por el contacto con personas procedentes de los países donde ya se venía manifestando por varias semanas la enfermedad y que conocíamos por las incesantes cifras diarias de casos y muertes que Colombia comenzaba a registrar con despreocupantes ceros.

Parecía que aquellos que se llenaban de preocupación se estaban adelantando a un escenario que no iba a resultar tan oscuro en nuestra realidad necesariamente. O al menos manteníamos internamente esa creencia y sobre esa base hasta alcanzamos a reírnos.

El seis de marzo llegó la noticia, de esas que esperas pero que aún así te sorprende, esas noticias por lo general no son buenas. Primer caso en Colombia y en menos de una semana primer caso en Cartagena. Todo era muy mediático, los primeros pacientes como ganadores de una lotería que nadie quiere, las autoridades sanitarias intentado explicar lo que todos estaban aprendiendo, las recomendaciones para prevenir la infección con diferentes estrategias pero un mismo mensaje, el personal sanitario mostrado como héroes, el seguimiento a contactos como la estrategia de control de los casos.

Esto último fue lo primero que se perdió y entonces aquellas cifras diarias comenzaron a subir y a capturar toda nuestra atención. Era un ritual detener el mundo, ya de por sí detenido por las medidas restrictivas decretadas por los gobiernos, para recibir el reporte diario de casos y muertes. En la proporción que crecían las cifras iba en aumento nuestra preocupación, con todos los efectos que esto podría causar sumado a la obligación del mantra #quédateencasa.

Pasadas las primeras semanas apareció un debate entre cuidar la vida con las medidas de restricción a la libre movilidad de las personas y restaurar una economía maltrecha por el hecho que las personas no se podían movilizar libremente.

Mucho se dijo en medio de la discusión, incluso se alcanzó a oir alguna voz señalando que no existía tal dicotomia entre la vida y la economía porque ambas eran importantes y ambas se debían cuidar. Por un momento el tercio fue superado por los salubristas, no sin discusiones. Pero cuando el panorama de nuestras calles se fue llenando de locales cerrados, carteles de «se arrienda» y noticias de despedidas de negocios con el consecuente desempleo, se comenzó a dimensionar que la economía estaba sufriendo los embates de la pandemia. Aún así, las incesantes y esperadas cifras diarias parecían indicar que aquello que estaba matando a la economía era aún necesario porque también se estaban perdiendo vidas humanas.

Apareció entonces una de las tantas medidas del gobierno nacional modificando el protocolo para el testeo, lo cual es el insumo de las estadísticas diarias, y comenzó a su vez a acuñarse el concepto de reactivación. La economía no daba más espera y había que darle oxígeno, inicialmente con un factor muy importante en la teoría económica como son las expectativas. Las cifras dejaron de ser alarmantes, las autoridades comenzaron a anunciar la llegada de los famosos picos en algunas ciudades y a ponerle fechas en otras. Así se fue generando confianza y ganando fuerza la demanda de reaperturar, comenzaron a ampliarse las excepciones, a implementarse pilotos y gestar el ambiente propicio para volver a abrir los negocios.

Para el arranque de septiembre, casi seis meses después de la llegada de la pandemia a Colombia, el gobierno decreta una medida que busca acelerar la reactivación de la economía y parece que el país le está creyendo a esta nueva etapa, porque las cifras diarias siguen informándose pero ya no es noticia de interés.

Durante estos seis meses mi amigo y yo sobrevivimos a la Covid-19 sin mayores complicaciones por fortuna. Sólo espero la oportunidad de volver a tener un almuerzo con él, porque creo que tendremos mucho que hablar, como de las posibilidades de rebrotes, de sus expectativas sobre una vacuna y sobre todo quiero saber si él sí logró reinventarse.

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