El reencuentro de los estudiantes

Por: Wilson Jaimes Castaño

A pocas semanas de terminar este surrealista año académico, mis hijas insisten en preguntarme si van a volver a clases presenciales en 2021, con el anhelo que su papá les asegure que no tendrán que seguir viendo a sus amigos a través de una pantalla. Nada las haría más felices y creo que lo tienen bien ganado.

Las personas de mi generación no podríamos imaginar una adolescencia sin compartir diariamente con el combo de amigos, que terminan convirtiéndose en confidentes, alcahuetas y hasta consejeros, jugando un rol determinante en esa etapa de la vida y llevándose un pedazo del corazón para toda la vida.

Es imposible generar las interacciones sociales necesarias en esas edades a través de videollamadas con la mayoría de las cámaras desactivadas. Me he sentido tentado a alimentar esa esperanza en ellas porque sería un justo premio al esfuerzo que han hecho para ganar el año de la pandemia: mi hija mayor aprendió loscasos de factorización y la menor pudo vencer la reducción de términos.

Pero temo, que en las actuales circunstancias, tenemos muy pocas certezas, por lo que prefiero que ellas se mantengan preparadas y valoren la oportunidad que han tenido para estudiar en medio de estas condiciones.

Lamentablemente, a pesar de la capacidad de adaptación que tienen, esta pandemia y las medidas de contención tomadas por los gobiernos, han generado la imposibilidad de continuar los estudios de muchos niños y jóvenes, con una consecuente lista de dificultades que parecen afectar con más fuerza a los países en desarrollo por su trasfondo social y económico.

El cierre de las instituciones educativas fue una medida generalizada en el mundo para contener la propagación del virus, pero las opciones de mantener a los estudiantes activos, mientras se alcanzaban los picos epidemiológicos, orientaron todos los esfuerzos hacia la virtualidad, lo cual implicaba una adecuación logística, a la que la mayoría de los hogares no estaba preparada. De hecho, el computador que usaban mis hijas, ya no fue suficiente porque ambas debían «conectarse a la plataforma» (léase ir a clases) a la misma hora.

Sin duda, la misma virtualidad conllevó la aparición de una nueva forma de barrera de acceso a la educación, ya que sin un computador, tableta o teléfono inteligente, es imposible recibir clases, entregar los trabajos, presentar exámenes y participar de los debates académicos. Eso sin contar que se debe tener un buen plan de datos o un servicio de internet, y que además, durante todo el tiempo que duró la cuarentena, era Electricaribe quién nos ofrecía el servicio de energía eléctrica.

Es muy trágico conocer las historias de familias donde la cantidad de hijos en edad escolar supera el número de dispositivos para conectarse a sus clases, o que ante la crisis económica que concomitantemente se ha generado, los estudiantes se han visto obligados a desertar de los colegios o universidades, ya sea por incapacidad de pago o por la necesidad de trabajar para aportar a la casa.

Por estas razones un gran número de estudiantes han salido del sistema educativo durante este año, lo que ha acentuado las mismas desgracias sociales que se podrían presentar si estuvieran abiertos los colegios y los padres no matricularan a sus hijos o ellos sencillamente no asistieran; esto es, embarazos en adolescentes, explotación infantil, reclutamiento forzado de menores y el riesgo latente del consumo de sustancias psicoactivas. Además, con los colegios cerrados, no pueden ser tan efectivas las capacitaciones orientadas a que los estudiantes sirvan como agentes sociales de cambio en temas ambientales, así como tampoco se han generado acciones colectivas que los involucren en temas de salud pública.

Parece que las teorías desarrolladas desde la segunda mitad del siglo XX orientadas a las prácticas pedagógicas flexibles, de repente se volvieron muy necesarias pero nadie estaba realmente preparado (especialmente en el sector público). Tan es así, que la misma educación virtual era vista hasta hace menos de un año como de inferior calidad, y hoy como de imperiosa necesidad.

Es el momento de replantear el modelo educativo del país, dando un vuelco serio a la virtualidad que debe ir acompañado de una estrategia fuerte de masificación del servicio de internet, el fácil acceso de los hogares a los equipos y él fortalecimiento de las plataformas educativas, para romper así, el espiral perverso de problemas sociales generados por la dificultad en el acceso a la educación en medio de una pandemia que aún no termina.

Sin embargo, me queda claro que esta generación está siendo preparada para grandes retos y espero que, ya sea por la aplicación de una vacuna o por la mejoría en las condiciones epidemiológicas del país, mis hijas puedan volver a encontrarse pronto con sus amigos, como tanto lo han pedido. Así como también espero que problemas de antaño, como el bullying, la corrupción alrededor del PAE y las deficiencias en la infraestructura educativa, no sobrevivan al Covid-19.

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